
Kenneth Lee Boyd es el ejecutado número 1.000 tras la reanudación de la pena de muerte en EE UU. Murió a las 2.15 de ayer en Raleigh, Carolina del Norte, después de haber vivido 57 años, haber estado en la guerra de Vietnam, y finalmente recibir una inyección letal. Esta es la noticia que me impulsa a escribir a favor de la vida.
La protección, la cooperación, la ayuda que los seres humanos nos damos los unos a los otros explica y da sentido a nuestras vidas y la de toda la humanidad. Me entristece la ejecución de cualquier persona. Cualquier forma de muerte causada por nosotros mismos es lamentable. Pero una pena de muerte ejecutada por un gobierno, dictada por unos jueces, después de una deliberación fría a lo largo de meses y años (en este caso después de 17 años) es inexplicable, conmociona aún más.
La muerte de Kenneth Lee, más publicitada por ser en Estados Unidos –pero igualmente cualquier otra ejecución en cualquier otro país-, nos debilita en nuestro camino hacia la paz. Este último se hace más difícil cuando las democracias justifican estas muertes. Me alegro de que en España no exista, bajo ningún precepto, la pena a la muerte.
La muerte de Kenneth Lee, más publicitada por ser en Estados Unidos –pero igualmente cualquier otra ejecución en cualquier otro país-, nos debilita en nuestro camino hacia la paz. Este último se hace más difícil cuando las democracias justifican estas muertes. Me alegro de que en España no exista, bajo ningún precepto, la pena a la muerte.











